Poemas
--------)) Gabriela Mistral ((---------

domingo, 18 de enero de 2004






  
  
NOCTURNO
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Padre Nuestro que estás en los cielos,
¡por qué te has olvidado de mí!
Te acordarste del fruto en febrero,
al llegar  su pulpa rubí.
¡Llevo abierto también mi costado,
y no quieres mirar hacia mí!
  
Te acordaste del negro racismo,
y lo diste al lagar carmesí;
y aventaste las hojas del álamos,
con tu aliento, en el aire sutil.
¡Y en el ancho lagar de la muerte
aún no quieres mi pecho oprimir!
  
Caminando vi abrir las violetas;
el falerno del viento bebí,
y he bajado, amarillos, mis párpados,
por no ver más enero ni abril.
  
Y he apretado la boca, anegada
de la estrofa que no he de exprimir.
¡Has herido la nube de Otoño
y no quieres volverte hacia mí!
  
Me vendió el que besó mi mejilla;
me negó por la túnica ruin.
Yo en mis versos el rostro con sangre,
como Tú sobre el paño, le di.
Y en mi noche del Huerto, me han sido:
Juan, cobarde, y el Ángel, hostil.
  
Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin:
el cansancio del día que muere
y el del alba que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!
  
Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas pidiendo dormir.
Y perdida en la noche, levanto
el clamor aprendido de Ti:
Padre Nuestro que estás en los cielos,
¿por qué te has olvidado de mí?
  
  
  
EL RUEGO
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Señor, tú sabes cómo, con encendido brío,
por los seres extraños mi palabra te invoca.
Vengo ahora a pedirte por uno que era mío,
Mi vaso de frescura, el panal de mi boca,
  
cal de mis huesos, dulce razón de la jornada,
gorjeos de mi oído, ceñidor de mi veste.
Me cuido hasta de aquellos en que no puse nada;
¡no tengas ojo torvo si te pido por éste!(5)
  
Te digo que era bueno, te digo que tenía
el corazón entero a flor de pecho, que era
suave de índole, franco como la luz del día,
henchido de milagro como la primavera.
  
Me replicas, severo, que es de plegarias indigno
el que no untó de preces sus dos labios febriles,
y se fue aquella tarde sin esperar tu signo,
trisándose las sienes como vasos sutiles.
  
Pero yo, mi Señor, te arguyo que he tocado,
de la misma manera que el nardo de su frente,
todo su corazón dulce y atormentado,
¡y  tenía la seda del capullo naciente!
  
¿Qué fue cruel? Olvidas, Señor, que le quería,
y él sabía suya la entraña que llagaba.
¿Qué enturbió para siempre mis linfas de alegría?
¡No importa! Tú comprende: ¡yo le amaba, le amaba!
  
Y amar (bien sabes de eso) es amargo ejercicio;
un mantener los párpados de lágrimas mojados,
un refrescar de besos las trenzas(6) del cilicio,
conservando, bajo ellas, los ojos extasiados.
  
El hierro que taladra tiene un gustoso frío,
cuando abre, cual gavillas, las carnes amorosas.
Y la cruz (Tú te acuerdas ¡oh Rey de los judíos!)
se lleva con blandura, como un gajo de rosas.
  
Aquí me estoy, Señor, con la cara caída
sobre el polvo, parlándote un crepúsculo entero,
o todos los crepúsculo a que alcanza la vida,
si tardas en decirme la palabra que espero.
  
Fatigaré tu oído de preces y sollozos,
Lamiendo, lebrel tímido, los bordes de tu manto,
y ni pueden huirme tus ojos amorosos
ni esquivar tu pie del riego caliente de mi llanto.
  
¡Di el perdón, dilo al fin! Va a esparcir en el viento
la palabra el  perfume de cien pomos de olores
al vaciarse; toda agua será deslumbramiento;
el yermo echará flor y el guijarro esplendores.
  
Se mojarán los ojos oscuros de las fieras,
y, comprendiendo, el monte  que de piedra forjaste
llorará por los párpados blancos de sus neveras:
¡toda la tierra tuya sabrá que perdonaste!
  
  
  

VERGÜENZA
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Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.
  
Tengo vergüenza de mi boca triste,
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.
  
Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz en la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.
  
Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
y en la tremolación que hay en mi mano...
  
Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana, al descender al río,
la que besaste llevará hermosura!
  
  
  

PALABRAS SERENAS
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Ya en la mitad de mis días espigo
esta verdad con frescura de flor:
la vida es oro y dulzura de trigo,
es breve el odio e inmenso el amor.
  
Mudemos ya por el verso sonriente
aquel listado de sangre con hiel.
Abren violetas divinas, y el viento
desprende al valle un aliento de miel.
  
Ahora no sólo comprendo al que reza;
ahora comprendo al que rompe a cantar.
La sed es larga, la cuesta es avisa;
pero en un lirio se enreda el mirar.

Grávidos van nuestros ojos de llanto
y un arroyuelo nos hace sonreír;
por una alondra que erige su canto
nos olvidamos que es duro morir.
No hay nada ya que mis carnes taladre.
Con el amor acabóse el hervir.
Aún me apacienta el mira de mi madre.
¡Siento que Dios me va haciendo dormir!
  
  
  







EL NIÑO SOLO
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Como escuchase  un llanto, me paré en el repecho
y me acerqué a la puerta del Rancho del camino.
Un niño de ojos dulces me miró desde el lecho
y una ternura inmensa me embargó como un vino.

La madre se tardó, curvada en el barbecho;
el niño al despertar buscó el pezón de rosa
y rompió en llanto... yo le estreché contra el pecho
y una canción de cuna me su vio temblorosa...
Por la ventana abierta la luna nos miraba.
El niño ya dormía, y la canción bañaba,
como otro resplandor, mi pecho enriquecido...
  
Y cuando la mujer, trémula abrió la puerta,
me vería en el rostro tanta ventura cierta,
que me dejó el infante en los brazos dormido.

---------------ºº-----------------

          A.L..G.S.
  




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